En mi antigua habitación,
en la mesita que ha presidido
tantas noches en vela,
hay un cuaderno.
En sus páginas desgañito mi rabia,
mi dolor, mis ausencias, mi alivio...
Hoy, sola, vacía, lo acojo entre mis manos
y no sé qué decirle.
Puedo contarle que hay amor en mi alma,
que mi piel, esta piel cansada,
no tiembla ya cuando la tocan.
Y sí, he dejado de oir
la voz de aquella ausencia.
Sólo a veces, cuando regreso a este cuarto,
testigo tantas veces de tantas cosas,
y tu piel no me toca,
tus besos no bailan en mi nuca...
Entonces...
Entonces somos yo
y mis temores recónditos
que se desperezan
entre los pliegues
de mis sentimientos.
Y vuelvo a ser el juguete
de un temor absurdo.
La piel no se eriza por tus besos,
sino por el aliento de la soledad.
Cuesta tanto olvidar lo que fuimos,
lo que sentimos, un día,
hoy cincelado en las entrañas.
Ese profundo
agujero negro
nudo gordiano, espada de damocles
Siempre alerta,
siempre vivo, siempre,
siempre. Siempre.
***
Y así, la sonrisa templada
que provoca tu risa,
la risa que causan tus caricias,
la paz que otorgan tus abrazos...
Todo lo bueno y dulce
se empaña de temor.
Miedo al regreso
de aquel dolor profundo,
cansino, arraigado
y siempre, siempre presente.
Olvidar, el dulce, cálido olvido
liberador olvido.
Tan lejos. Tan difícil.