
Las noches sin luna, no existen, decía un árbol viejo a un gato joven en un cuento triste que nunca escribí, pero soñé mil veces. Un cuento para niños que temían el roce de cualquier otro cuerpo. Para una niña que hablaba con Nereida: leyenda enterrada del tiempo en que las cosas se movían despacio. Las ciudades eran arcas de piedra, donde habitan, cerrados en sí mismos, un par de cada especie. Trataban de huir del olvido perdiéndose entre las calles de una ciudad de vagabundos e insomnes. Calles de húmedo empedrado nocturno. Tras las ventanas acechantes de una insomne, se escondía el dolor. El orballo nombraba un estado de ánimo, un agujero negro que di en llamar ausencia. Sólo la rosa de los vientos podía señalar los límites de mi pensamiento, y la luz de un faro apuntar a donde habitan mis raíces. Me repica en el alma, como campana de entierro, el recuerdo del tiempo en que mis manos ponían en papel este mar de sensaciones que me apabulla.